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jueves, 3 de junio de 2010

Sabina: El otro Borges.



Estoy en la guardería, me he hecho muy amiga de la secretaria y me ha prestado su computadora para escribir. Ayer estuve con mi papá en la tarde. Fuimos al centro y me llevaba en la cangurera; íbamos muy contentos los dos. Compramos algunas cosas en la farmacia y después entramos a una librería; no compramos nada, sólo andábamos de mirones. Regresando a casa, me dio de comer, me chuté seis onzas de fórmula en mi mamila. Ya tenía hambre de tanto caminar.
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Como no me dormí, se puso a jugar conmigo y luego tomó un libro de cuentos de Borges (o “Borgues”, como diría nuestro gran intelectual Vicente Fox) y me leyó “El otro”. ¡Pero que pedazo de escritor ese Ché Borges! ¿Cómo puede un tipo ser tan genial?
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Resulta que en “El otro” Borges ya viejo se encuentra con un Borges joven y ambos sostienen un maravilloso diálogo en el que se cuentan sus vidas (aunque evidentemente Borges viejo sabe casi todo lo que sabe Borges joven). Sin embargo, el joven logra meter al viejo en muchos aprietos, como cuándo le pregunta: “Si en realidad usted es quién dice ser, ¿cómo es que no recuerda haber tenido esta conversación cuando tenía veinte años?... ” Parece algo simple pero se trata de una genial paradoja, digna de Borges. Pensar en ese encuentro me enchinó la piel. ¡Hay nanita!
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Borges viejo se da cuenta que en realidad Borges joven no es capaz de reconocerlo porque, aunque sí se trata del mismo ser humano, para el Borges joven, un viejo, aunque sea él mismo, es una persona diferente. ¡Qué lío generacional! ¿Habrá leído Ortega y Gasset a Borges, a propósito de este lío generacional? En efecto, con el tiempo, nos volvemos personas diferentes, no sólo es nuestra apariencia, la vida nos hace ser otros.
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“El otro” me hizo preguntarme a mí misma que pasará conmigo dentro de dos, cinco, diez, veinte, cincuenta años… ¿Cuántas otras Sabinas habrá en ese camino? ¿Qué pasaría si ahorita llegara una Sabina de sesenta años y me cargara? ¿Se reconocería a sí misma? ¿La reconocería yo? Yo creo que no. En algún momento del cuento, los Borges sostienen un diálogo sobre los sueños, una clara influencia cartesiana en el maestro. Al final, justo esa es la coartada del Borges viejo, él justifica el olvido de haber tenido ese diálogo a los veinte años porque habría sido tan impactante que el joven lo tomó por un sueño, de tal forma que fuese más fácil olvidarlo. ¿Será eso posible? ¿Seremos capaces de borrar de nuestras mentes aquellos sucesos tan impactantes? Yo todavía no olvido los treinta y cuatro días que estuve en hospitales después de nacer; quizá algún día lo logre aunque no sé si en realidad lo quisiera olvidar. Mi papá me dijo que hay cosas que él preferiría olvidar pero que no es tan fácil; intentará hacerlo al estilo de Borges, pensar que eran sueños para archivarlos donde habita el olvido, como diría mi tocayo Joaquín Sabina.
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En fin, que ojalá alguien que haya leído esto se anime a leer (o a releer) al maestro Borges y viajar con el otro. El cuento se puede bajar de internet pero siempre será más placentero leerlo en un libro.
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Adiós.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cuento: Zapatitos nuevos

Al tercer intento, por fin lo logró. El derecho le costó más trabajo que el izquierdo, sería porque les hacía falta aflojar; pensó que aquello era normal con los zapatos nuevos. Lo bueno era que Isabel no sentía que le apretaban.

— Luce hermosa, nadie podría decir lo contrario — pensó Delfino.

Había iniciado una hora antes, después de las doce del día, hora en que llegó con Isabel. La ropa estaba acomodada sobre la cama desde antes. Todo era nuevo: desde los zapatos hasta la diadema. Primero, la limpió con mucho cuidado; pasó una toallita húmeda por las comisuras de su boca, alrededor de los ojitos y también en la barbilla. Había iniciado por los pies, le puso los calcetines que a la altura de los tobillos tenían un dibujo de Pluto, el perro de Mickey Mouse. De allí pasó a los calzoncitos verdes que le compró cuando Minerva tenía cinco meses de embarazo. Eran de ese color porque no pudieron saber antes el sexo debido a que no funcionaba el ultrasonido del centro de salud.

Con mucha delicadeza, como si no la quisiera despertar, le puso la playerita. Ésta se la había regalado Pancho; desde el día en que les preguntaron a él y a Bertha, si querían ser los padrinos, ellos les regalaban algo nuevo cada semana. Estaban muy contentos; Pancho y Bertha llevaban dos años queriendo tener un bebé pero no habían podido lograrlo.

— ¡Qué bendición para ustedes!, de verdad que me das envidia de la buena — le dijo Bertha a Minerva cuando ésta le dio la noticia. — ¡Muchas felicidades, mana!
— Gracias. Ya verás que pronto a ustedes también les llega. Nomás es cosa de tener un poquito de paciencia y de rezarle mucho a la virgencita. Si quieres, nos lanzamos a la Villita el día que quieras, igual nos vamos caminando desde aquí, para que la virgencita vea que hacemos un sacrificio. Ya verás que pronto vas a quedar panzona y nuestros hijos se van a criar juntos mana.
— ¡Órale pues! Me gusta la idea de ir a ver a la virgencita. Tú dices cuando...

Ya estaba toda la ropita interior puesta. Ahora seguía el vestido. Lo había comprado en la Lagunilla un día antes. Fue él solo, Minerva no lo quiso acompañar. No salió a comer para que el maestro lo dejara salir de la obra un hora antes. De todos modos ya sabía que con Don Sebas no había problema, pero, a pesar de la situación, no quería abusar. Ya había faltado dos días mientras Mine estaba en el hospital. Él no siempre había podido acompañarla aunque trataba de hacerlo para que el médico no le pusiera caras; cuando iba sola, Mine decía que la trataban muy mal.

— ¡Ya vienes otra vez! ¡A pero que lata contigo de veras! ¡Ya te dije que te regreses a tu casa mujer!
— Pero es que ya se pasaron las cuarenta semanas doc, ¿no es mucho ya? Una señora que conozco dice que puede ser peligroso.
— ¡Y dale con lo mismo! ¿Cómo quieres que te diga que es normal? ¿Quién sabe más, esa señora que dices o yo? No todos los niños nacen igual, hay algunos que se toman unos días más. Mira, regrésate a tu casa y deja de dar lata. Cuando ya sientas contracciones, entonces sí vienes y te internamos. Ahora vete, que tengo mucho trabajo.
— ¿Pero no me va a revisar aunque sea? ¡Ándele! Nada más para asegurarnos...
— ¡Ya vete carajo! Te digo que todo está bien. Mira que le estás quitando tiempo a personas que de verdad necesitan el servicio; ¿no ves la cantidad de pacientes que tengo? ¡La que sigue por favor!

— ¡Qué rechula se ve m'hija con su vestido! — Pensó Delfino mientras en su rostro moreno se dibujaba una tímida sonrisa; clarito vio que la niña sonreía también. Habían decidido llamarla Isabel, como la tía de Minerva que se había hecho cargo de ella cuando su mamá se fue a trabajar a los Estados Unidos, de donde nunca volvió.

Le puso en su cabecita la diadema. Hacía juego con el vestido, hasta arriba tenía una florecita de tela blanca, era un poco más chica de la que el vestido tenía a la altura de la cintura. Ese detalle es lo que más le llamó la atención, por eso se decidió a comprarlo. Terminó calzándole los zapatitos, primero el derecho y luego el izquierdo.

Tocaron la puerta y, sin esperar respuesta, la abrieron. Era Pancho.
— Ya llegó la carroza.
— Sí compadre, ya casi está lista.

Las lágrimas de Delfino mojaron la fría rodilla de su hija mientras terminaba de asegurar la hebilla del zapatito izquierdo.

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lunes, 31 de agosto de 2009

Cuento: Tú no decides

Tú no decides
Autor: Francisco García

Vació una mirada inquisitiva a la hoja de su compañero de la banca contigua, tal vez allí encontraría alguna de las respuestas. Nada. Él estaba igual, incluso peor (¿podría alguien saber menos que ella?). Las ecuaciones que se le presentaban tomaban de pronto formas caprichosas; parecía que de la hoja surgían dragones, quimeras, dioses o semidioses. El período había pasado de largo para ella; había asistido a muy pocas clases y, por si fuera poco, el día anterior no había podido estudiar nada. El trabajo en la farmacia, como siempre, había consumido su tiempo con una voracidad insaciable. Sentía cada vez más cerca el momento de tener que abandonar la escuela. Ella se resistía a hacerlo; realmente deseaba poder estudiar Derecho, igual que su prima. Sin embargo, sus sueños se desvanecían rápidamente. No sólo iba reprobando matemáticas; tenía problemas en prácticamente todas las demás materias. Incluso en física, a poco menos de medio semestre, estaba reprobada por acumulación de faltas.

Era inútil permanecer más tiempo frente al examen. La solución a las ecuaciones nunca llegaría mágicamente y además el profe García los vigilaba como dóberman, sería imposible que alguien le pasara las respuestas. Decidió dejarlo en blanco; únicamente le hizo una mueca a García al entregárselo. Salió del salón pero decidió esperarse para hablar con García; le pediría una oportunidad para presentar el examen de nuevo, estudiaría el fin de semana para prepararlo.

Sus compañeros, uno a uno, todos con caras que reflejaban frustración, abandonaban el salón. García estaba guardando sus cosas. Él la escuchaba, aunque parecía tener mucha prisa porque acomodaba rápidamente los exámenes en un folder. Le dijo que no podía repetirle el examen sólo a ella pero que si el resultado de la mayoría de sus compañeros era negativo, entonces consideraría una segunda vuelta. Mientras decía esto último abandonaba el salón. Mirna se quedó pensativa, deseando que a muchos les hubiera mal. Levantó la mirada y vio que en el escritorio había un par de hojas; seguramente eran de García; se asomó al balcón pero ya no lo alcanzó. Se quedó pensativa y luego comenzó a leer, eran dos hojas escritas en computadora:

Tú no decides
Autor: Francisco García

Vació una mirada inquisitiva a la hoja de su compañero de la banca contigua, tal vez allí encontraría alguna de las respuestas. Nada. Él estaba igual, incluso peor (¿podría alguien saber menos que ella?). Las ecuaciones que se le presentaban tomaban de pronto formas caprichosas; parecía que de la hoja surgían dragones, quimeras, dioses o semidioses. El período había pasado de largo para ella; había asistido a muy pocas clases y, por si fuera poco, el día anterior no había podido estudiar nada. El trabajo…

El lunes siguiente, al terminar la clase, Mirna esperó a que todos se fueran. Se quedó en el salón con García. Lo encaró y arrojó las hojas al escritorio.

— ­¿Qué significa esto García?
— Pues lo que leíste, nada más ni nada menos Mirna.
— ¿Estás loco o qué chingados?
— Nada de eso Mirna, únicamente lo hago por diversión.
— ¿Quién te crees tú?
— Nadie en particular; simplemente soy Francisco García.
— ¡Por favor García! No me quiero morir. Tengo sueños. Quiero estudiar, quiero dejar de trabajar en esa pinche farmacia.
— No es nada en contra de ti; de verdad.
— ¿Pero por qué no eliges a otra persona?
— A ver Mirna. Vamos aclarando algo ¿quién te ha creado?
— Tú…
— ¡Bien! Entonces ¿Quién decide si vives o mueres? Al menos, tú lo sabes, la idea es que mueras rápidamente, no sufrirás. Piensa que podría ser peor. ¿No has pensado que pude haber decidido que te violaran, te torturaran o que el accidente te dejara parapléjica? ¿Has pensado en la infinidad de posibilidades?
— ¡Me cae que estás bien pinche loco! ¿Acaso te sientes Dios o qué chingados?
— Por supuesto que no. Simplemente te puedo decir que una de las razones por las que escribo es para vaciar mis sueños, mis ideas y, seguramente, mis frustraciones y perversiones. Para esta historia, di vida a un personaje que tiene el destino que tú ya conoces. Ahora que lo dices, quizá tengas razón, tal vez también escriba para sentirme Dios. Pero no sé para qué te digo todo esto si tú ya lo sabes Mirna. Leíste hasta el final, todo este diálogo es conocido por ti; ni una palabra más, ni una palabra menos.
— ¡Chingas a tu madre pinche loco de mierda!
— Tranquila, tranquila. Ya es hora de irte, lo sabes bien.

Bañada en lágrimas y temblando de coraje y frustración, dio media vuelta. Bajó las escaleras y salió por la puerta principal. Mientras cruzaba la avenida, un microbús se pasó la luz roja; el golpe fue seco, ni siquiera lo sintió.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Cuento: Bombín

Intenté acelerar para alcanzar a atravesar la Avenida Central antes de que el semáforo cambiara al rojo, pero la camioneta y el taxi que iban adelante me lo impidieron. Tuve que resignarme a que llegaría tarde a la cita con el Arquitecto González quien seguramente estaría molesto pues no sería la primera vez que llegaba tarde. Había hecho todo lo posible por ajustar el tiempo para no retrasarme pero no fue suficiente. Justo cuando iba a salir, mi hija me pidió que la ayudara a bajar su maleta roja de la parte más alta del clóset. Su mamá se estaba bañando así que nadie más la podría ayudar.

Sabía que aquel semáforo tardaba mucho tiempo en cambiar a la luz verde. Por alguna razón que no entendía, había un lapso de tiempo en el cual todos los semáforos estaban en rojo. En eso estaba pensando cuando lo vi. Tenía la clásica nariz roja de bola y el rostro blanco con unos círculos rojos en las mejillas, cejas delineadas de forma muy ligera y en las comisuras de los labios tenía también unas delgadas líneas a manera de prolongación de la sonrisa. Llevaba puesto un saco mitad amarillo mitad rojo en sentido vertical, tenía unos parches morados en ambos codos. El pantalón era de los mismos colores, sólo que al revés del saco: el amarillo del lado izquierdo y el rojo del derecho. Sus zapatos no eran los clásicos grandes, eran unos zapatos negros de vestir que desentonaban con el resto de la indumentaria. Vi que traía colgada al hombro una mochila grande, supuse que allí tenía guardados los zapatos. Al final de todo observé su cabeza; tenía puesta una peluca dorada; no era la más usual, encrespada, sino completamente lacia y larga hasta el cuello. Coronando la cabeza y la peluca, un sombrero, también de colores amarillo y rojo, tenía al frente escrito en letras azules lo que supuse era el nombre del payaso: “Bombín”.

Fue la peluca de Bombín lo que me trajo a la memoria la primera fiesta de cumpleaños que recuerdo. No era una fiesta en mi honor, sino de mi primo Luis. Sus papás, mis tíos Emma y Juan, organizaron una fiesta para celebrar el segundo cumpleaños de Luis, al mismo tiempo que festejaron el bautizo de su otro hijo, José Antonio. Debido a su edad, ni Luis ni José Antonio disfrutaron de la presentación de los payasos que mis tíos habían contratado. Yo tenía cinco o seis años y nunca había tenido una fiesta de cumpleaños con payasos; únicamente los había visto en televisión. Quedé encantado con la actuación de esos dos payasos. La hora que duró el show transcurrió para mí rápidamente y con el tiempo se convertiría en uno de los recuerdos más felices de mi infancia. Reí a carcajadas con los pastelazos que se lanzaron, la tabla con la que se golpeaban el trasero y los chistes que ambos contaban. Tan absorto estaba con el espectáculo que nunca alcé la mano para pasar a participar con ellos, mientras que la mayoría de los niños lo hacían al primer llamado. Aquella fiesta de mis primos fue inolvidable.

El semáforo no cambiaba al verde, por experiencia sabía que todavía tardaría un rato. Bombín estaba ansioso y volteaba hacia los dos lados de la calle como buscando a alguien. Veía también su reloj. Era domingo y por la hora, las diez y media de la mañana, supuse que se le estaba haciendo tarde para alguna presentación y estaría esperando a alguien. Cuando vi su peluca dorada brillando al sol recordé que al siguiente año de la fiesta de mis primos, mis papás me organizaron una en la que contrataron por primera vez a un payaso. Yo pedí que fueran los mismos que había asistido a la fiesta de mis primos pero no fue posible, no recuerdo bien la razón. El payaso que llegó a mi casa, resultó ser un tipo muy sucio que llegó tarde a la cita y con aliento a alcohólico. Fue una decepción muy grande pues lo comparaba con aquellos payasos de la fiesta de mis primos. Recuerdo muy bien como al final, el payaso y mi papá se hicieron de palabras por los justos reclamos se la hacían a aquel pseudopayaso.
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Bombín se veía cada vez más ansioso. Observé su nariz roja y me hizo recordar un regalo que me hicieron mis tíos, los papás de Luis y José Antonio cuando cumplí diez años. Ellos sabían de la fascinación que tenía por los payasos y los magos, así que aquel día me obsequiaron un juego con un equipo completo para disfrazarse y maquillarse de payaso así como un set de magia. No quise abrir mis regalos aquel día para no compartirlo con ninguno de los niños que habían sido invitados a mi fiesta. Al día siguiente, estando completamente solo, lo abrí y de inmediato comencé a utilizarlo. Fue el mejor regalo que me hicieron en toda mi infancia, quizá en toda mi vida. Estaba fascinado con el maquillaje, el traje de colores, la peluca y los grandes zapatos. La nariz roja me gustó especialmente porque no tenía ningún resorte para colocarla. Se ajustaba a presión; únicamente quedaba un poco apretada pero se veía mucho más bonita que aquellas que tenían un resorte que atravesaba las mejillas. Con ese juego pasaba yo muchas horas de solitario entretenimiento.

La luz del semáforo seguía sin cambiar de color pero a mi no me importaba; estaba absorto pensando en aquellos días de mi infancia gracias al ansioso y preocupado Bombín. Recordaba haber ido a muchísimas fiestas con payasos y magos pero no lograba encontrar en qué momento comenzaría a perder mi fascinación por ellos. Recordé que a los quince o dieciséis años, estando ya en la preparatoria, asistí a un circo ruso que se presentó en la ciudad donde actuaban algunos payasos. Aunque fue un espectáculo muy bonito, los payasos de ese circo eran muy diferentes a los que yo conocía. No había pastelazos ni tablas con las que se golpeaban el trasero. Los payasos rusos eran mucho más serios pero más actores. Para ese entonces había dejado ya interesarme en los payasos; me habían absorbido otros pasatiempos y diversiones como el fútbol, los automóviles y, por supuesto, pasar las tardes con mi novia Eloísa. Fuimos a ese circo ruso pues justamente los papás de Eloísa me habían invitado. No olvidaré nunca ese día pues después del circo, Eloísa y yo fuimos al cine. De la película no recuerdo nada pues no le presté la menor atención; aquel fue el primer día en que ella y yo nos acariciamos y besamos como nunca antes lo habíamos hecho. Fue la primera vez que le metí la mano por debajo de su sostén, sentía tocar el cielo mientras le acariciaba sus generosos y firmes pechos. Ella a su vez pudo palpar mi excitación por encima de mi pantalón de mezclilla.

Las imágenes pasaban rápidamente en mi mente; tan rápido que todo lo recordaba mientras el semáforo aún estaba en rojo. Al rememorar aquel primer encuentro con Eloísa, me fue inevitable remitirme al encuentro sexual que algunos meses después tuvimos en el metro, viajando de la estación Barranca del Muerto a la de Polanco. Era cerca del medio día, íbamos a recoger los boletos para un concierto al que sus papás iban a ir. Nuestro ardiente deseo juvenil estaba en plena efervescencia; no perdíamos ninguna ocasión para besarnos, acariciarnos y estar juntos. Aquel día, cuando abordamos el vagón, nos dimos cuenta que estaba vacío. Sin hablar, de inmediato comenzamos a abrazarnos y a besarnos; cuando me di cuenta, ella ya tenía su falda levantada y se balanceaba rítmicamente gozando de mi virilidad dentro de ella. Terminamos poco antes de llegar a la estación Tacubaya, donde algunas personas abordaron el tren. Eloísa y yo nos mirábamos con una pícara sonrisa de satisfacción y complicidad. Una de las personas que abordaron era un triste payaso urbano que con un poco maquillaje en el sucio rostro, un raído chaleco y una nariz con resorte contaba algunos chistes malos para ganarse algunas monedas. De cierta forma, ese payaso estuvo presente en aquel furtivo encuentro con Eloísa.

Volví a mirar a Bombín; el semáforo, ahora sí, cambiaba al verde. El payaso me había traído algunos felices recuerdos de mi infancia y juventud. Supongo que por una especie de agradecimiento, cuando pasé junto a él, le hice un saludo con la mano y le regalé la mejor de mis sonrisas. Él me vio por un instante, alzó su mano por respuesta al tiempo que me devolvía la sonrisa. Supuse agitaría su mano al igual que la mía para responder a mi saludo; sin embargo, grande fue mi sorpresa al ver que, en vez de agitar su mano, Bombín giraba su palma hacia él al tiempo que sus dedos índice y anular se encogían, quedando el dedo medio completamente extendido. Reconocí de inmediato la fálica y obscena señal que tantas veces he hecho a los conductores que me rebasaban por la derecha o a los traileros que en carretera acercan en exceso su vehículo presionando para que los deje pasar. Bombín giró su cuerpo para asegurarse de que yo lo seguía observando por el retrovisor; la sonrisa no se borraba de su blanco rostro como tampoco dejaba de hacer la señal con la cual se despedía de mí.

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lunes, 24 de agosto de 2009

Cuento: El espejo del baño

Se levantó con mucha pesadez, con la sensación de que sus pies estuviesen dentro de unos botes con concreto. La noche anterior había sido una de las más largas de su vida, casi tan larga como En busca del tiempo perdido de Proust. Había bebido como si fuera la última noche de su vida. No recordaba todo lo que pasó al final pero sí lo del principio; había salido de la oficina junto con dos compañeros; el metro estaba muy cargado, los tres decidieron esperar a que se despejara un poco. Entraron a la cantina donde eran sumamente conocidos porque allí veían los partidos de la selección. Comenzaron con un par de cervezas y luego él mismo los convenció de pedir una botella de Absolut Azul; le siguió una más y después otra.

Apagó el despertador del celular; fue al baño y se miró con detalle en el espejo, el espectáculo le parecía deprimente. Se sintió como un mapache salvaje al ver sus ojeras, como un perro shar-pei al ver su frente arrugada y un insecto al pensar en su propia vida. Se metió a la regadera, se bañó sólo con agua fría, era una especie de penitencia que él mismo se imponía. Sintió que en lugar de agua, lo que le caían eran cubos de hielo que le golpeaban la cabeza y los hombros. Salió de la regadera y abrió lentamente la llave izquierda del lavabo; espero que comenzara salir agua caliente mientras se seguía contemplando al espejo. Sentía que el baño con agua fría lo había cambiado, que una persona distinta había salido de allí, pensó que serían los efectos terapéuticos del agua fría. El lavabo comenzaba a humear, el agua estaba lista. Hizo un cuenco con sus manos y se humedeció las mejillas, la barbilla y debajo de la nariz; repitió el acto unas tres veces hasta asegurarse de que la zona estaba perfectamente humedecida y blanda. Tomó el rastrillo, el mismo que venía utilizando los últimos tres años y al que, cosa curiosa, nunca le había cambiado las navajas. Comenzó a pasar el rastrillo por su pómulo derecho, justo debajo de la patilla. Mientras deslizaba el rastrillo por su cara sentía algo raro, como si alguien lo estuviese observando. Cuando alzó la mirada para verse nuevamente al espejó vio que la imagen, su imagen, no tenía ningún rastrillo en la mano y además le devolvía una sonrisa burlona. De pronto, la imagen sacó el brazo derecho, le tomó la mano que sostenía el rastrillo y la presionó con violencia sobre su mejilla izquierda. De inmediato comenzó a correr sangre. Volvió a ver el espejo y allí estaba su imagen, sangrando y llevándose la mano a la herida. Se limpió con abundante agua, ya no caliente, sino fría, fue a su botiquín a sacar una botella con alcohol (recordó la segunda botella de vodka de la noche anterior) y con un algodón se limpió la herida. Poco a poco fue dejando de sangrar, aunque seguramente la herida tardaría en cicatrizar completamente. Se colocó un par de cintas, de esas que él conocía desde niño como curitas.

Había perdido como veinte minutos; vio el reloj del celular y se dio cuenta de que apenas le quedaba tiempo; ya no tendría tiempo para desayunar. Se dirigió al clóset, tomó una camisa blanca y se la puso. Seleccionó después la corbata azul, aquella que su madre le había regalado de navidad hacía un par de años. Fue al espejo del baño (era el único que tenía pues hacía un varios meses que había roto accidentalmente el de su recámara). Se anudó la corbata frente al espejo, levantó la vista para ver si el nudo estaba derecho; se sorprendió al ver que la imagen devuelta no tenía ninguna corbata puesta. Miró de nuevo hacia su pecho, allí estaba la corbata. Cuando levantó de nuevo la vista, recibió un puñetazo exactamente en el lugar donde estaban puestos los curitas. La herida comenzó a sangrar de nuevo, pudo ver claramente en el espejo como se manchaba de rojo tanto su rostro, como la camisa y la corbata. Tomó la botella de alcohol (ahora se acordó de la tercera de vodka) y la caja con los curitas. Repitió la operación que había realizado apenas media hora antes. Seleccionó otra camisa, también blanca, y otra corbata, también azul. Ya no quiso mirarse al espejo para comprobar que el nudo estuviera alineado.


Tomó un taxi. En la radio escuchó que pasaban de las nueve treinta de la mañana, su hora de entrada era a las nueve. Como siempre, el tránsito estaba muy cargado, tan cargado como los vodkas que se había servido, pensó. Eran las diez y cuarto cuando llegó a la oficina. Ramírez lo esperaba con una cara poco amigable. Le comunicó la noticia, la compañía había decidido prescindir de sus servicios. Le pedía que pasara de inmediato a recursos humanos por su liquidación. Ramírez, le dijo que no podía seguir tolerando esos retrasos al mismo tiempo que contemplaba su mejilla vendada.

Salió del edificio con su cheque en la mano. Lo primero que haría al cambiarlo sería comprar un espejo nuevo para el baño.



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domingo, 9 de agosto de 2009

Cuento: Sibila

Tocó el timbre repetidas veces pero nadie respondía. Era extraño, eran las once de la mañana y habitualmente a esa hora Manuel ya estaba en su consultorio. Javier dejó la caja en el piso para poder marcar desde su teléfono celular; halló el número que buscaba y lo marcó. Manuel contestó algo apresurado; le dijo que, en efecto, no se encontraba en el consultorio pero le pidió que lo esperara unos veinte minutos. Dejó la caja debajo de la sombra de un árbol y se sentó en el quicio de la puerta.

Abrió la caja y se quedó observando a la gatita. Estaba más tranquila que al principio pero de cualquier forma su mirada seguía reflejando tensión. Javier había convivido con muchos gatos desde su niñez y sabía distinguir, o al menos eso pensaba él, las emociones reflejadas en los ojos de los felinos. Mientras la observaba, vinieron a su mente algunos capítulos del libro de mitología grecorromana que leía por esos días. Justo el día anterior había aprendido que Sibila era un nombre genérico que se daba a las profetizas en Grecia y después en Roma. En ese momento decidió ponerle a la gatita el nombre de Sibila.

Mientras comenzaba a llamar a la gata por su nuevo nombre, seguramente el único que había tenido, acariciaba la cabeza de Sibila, quien respondía con tímidos ronroneos. Sibila era del tipo común de gatos atigrados pero con múltiples pinceladas de los más diversos colores. A Javier le llamó la atención desde que la vio pues nunca había visto a una gata tan “indefinida”; creía encontrar en ella todos los colores que un gato podía tener. Para matar el tiempo, se propuso el ejercicio mental de recordar todos los gatos que había conocido desde que era niño; cada vez que recordaba alguno buscaba el color o colores de ese gato en Sibila. Encontraba todos los tonos en ella; definitivamente, pensó, era una gata especial.

Mientras recordaba a Pepita, una gatita tipo siamés que le habían regalado a su hermana cuando Javier tenía ocho años, llegó Manuel. Se veía algo agitado; lo saludó, abrió la puerta y le pidió que pasara. Le platicó que había atendido de urgencia a un perro maltés que había sido atropellado pero que, afortunadamente, se encontraba fuera de peligro. Al tiempo que se lavaba las manos le comentaba que el perro había tenido suerte pues el accidente no le había dejado más que el susto y fuertes golpes pero ninguna fractura ni daño interno.

Después de escuchar, Javier le relató a Manuel la forma en que había encontrado a Sibila. Había llegado temprano al taller del maestro Silvano, su mecánico de confianza. Pensaba dejarle su coche para que lo revisara pues se venía jaloneando de forma extraña; quizá no era nada, pero Javier era muy precavido cuando se trataba de su auto. Mientras explicaba la falla, escuchó que algo se movía detrás de un viejo y oxidado motor en un rincón del taller; se asustó un poco y le preguntó al Güero, uno de los mecánicos, si sabía lo que era. El Güero le contestó que era un gato al que habían visto varias veces merodeando en el taller pero que ahora algo pasaba con él pues desde el día anterior no salía de aquel sitio; agregó que el maestro Silvano había dicho que si no salía en el transcurso del día, por la noche lo echaría a la calle pues no quería que se quedara allí. Javier se acercó al refugio del gato; al principio, éste le gruñó, pero pacientemente Javier se fue ganando su confianza hasta que lo pudo cargar para revisarlo. Observó que tenía unas heridas en el costado derecho.

Al levantarlo, también se dio cuenta que se trataba de una hembra. No quiso dejar a la gata allí; se angustió al pensar en que, como no se podría mover, la echarían a la calle y como seguramente estaba herida, tendría una dolorosa agonía que finalmente terminaría con su miserable vida. Le pidió al Güero una caja de cartón y metió en ella a la gata. Dejó su coche en el taller y tomó un taxi para dirigirse al consultorio de su amigo veterinario.

Manuel sacó de la caja a Sibila, quien no opuso ninguna resistencia. La colocó sobre la mesa de acero ubicada al centro del consultorio y la observó con detenimiento. Con ayuda del reflector, ambos pudieron ver con claridad que el costado derecho Sibila tenía un par de llagas semicirculares de unos dos centímetros de diámetro cada una, las cuales supuraban sangre y pus. El centro de ambas llagas era de un rojo intenso, mismo que se iba aclarando conforme se acercaba a las orillas. Con una lámpara, Manuel revisó también los ojos de la debilitada gatita, le midió la temperatura con ayuda de un termómetro rectal y finalmente le tomó el ritmo cardíaco.

El diagnóstico de Manuel fue definitivo; Sibila tenía leucemia. Manuel le explicó a Javier que la leucemia felina es un retrovirus, es decir, un virus que guarda su información genética como ARN. Cuando invade una célula, realiza una copia de esta información en forma de ADN, que penetra en el núcleo de la célula invadida y se integra con su material genético. El virus pasa así a perpetuarse en el organismo infectado. Aunque Javier no conocía tanto detalle, sí sabía que se trataba de una enfermedad muy común en los gatos. Probablemente, las heridas de Sibila habían sido causadas por alguna pelea con algún otro gato infectado con leucemia. Las heridas seguirían creciendo causándole una dolorosa muerte a Sibila, pues a consecuencia de la enfermedad, los tejidos dañados ya no se regeneraban.

No había mucho que pensar; el diagnóstico era muy claro. Lo mejor que se podía hacer era evitarle mayor sufrimiento a Sibila. Además, para Javier sería imposible hacerse cargo de la gata en caso de que se lograra salvar; él ya tenía en casa dos gatos que no aceptarían a un tercer gato adulto; pidió que Sibila fuera eutanasiada. Javier conocía bien a Manuel, por algo era el veterinario que atendía a sus animales desde hacía muchos años; sabía que él prefería siempre salvar a los animales antes de tomar la decisión de eutanasiarlos. Sin embargo, en este caso no había mejor alternativa.

En silencio, Manuel preparó y aplicó a Sibila la anestesia general para posteriormente inyectar la dosis letal en el corazón. En pocos segundos, Sibila vio extinguida su séptima vida reposando su esmirriado cuerpo en manos de Javier, quien no pudo contener sus lágrimas al ver que se apagaba la vida de un felino al que en menos de una hora le había tomado cariño. Javier abandonó el consultorio después de pagarle a Manuel sus honorarios.

Javier seguía trabajando en el gobierno municipal de San Luis como encargado del área de tesorería de la subdirección de tránsito. Sin embargo, a pesar de que había transcurrido varios meses, no podía olvidar a Sibila. Con relativa frecuencia venía a su mente el recuerdo de las supurantes llagas del costado derecho de la gatita. Ese par de semicírculos se le presentaban en sueños transformados por su subconsciente en los más diversos objetos: un par de balones de fútbol, manchas de humedad en la pared, cráteres en la luna o gotas de tinta en su ropa. Cualesquiera que fueran las circulares figuras, éstas siempre se convertían en las llagas del cuerpo de Sibila.

Javier se había acostumbrado a estos sueños hasta que, casi sin sentirlo, poco a poco se fueron espaciando hasta que después de casi dos años desaparecieron por completo. En ese tiempo habían sucedido cosas importantes en la vida de Javier; entre otras, había sido promovido a la dirección de área y nacía su primer hijo.

Una tarde, después de salir de la oficina, llevó a Sebastián, su hijo, a una consulta de rutina con el pediatra. A decir del médico, el bebé se iba desarrollando con normalidad. Mientras el doctor revisaba a Sebastián, Javier sintió un pequeño dolor en la boca del estómago; el médico vio que llevaba la mano al abdomen al tiempo que hacía un gesto de dolor y le preguntó si le pasaba algo. Javier le respondió que no era nada pero el doctor le recomendó que no dejara de atenderse; si quería, podía revisarse en la misma clínica terminando la consulta de Sebastián. Lo envió con el doctor Márquez, un médico gastroenterólogo cuyo consultorio estaba justo al lado del suyo.

El doctor Márquez revisó a Javier y mandó a que se tomara una tomografía. El estudio se realizaría en la misma clínica al día siguiente, Javier acudió puntual a la cita. Los resultados se le entregarían directamente al doctor Márquez, quien quedó en llamar a Javier en cuanto los tuviera.

El jueves de esa misma semana, Javier recibía la llamaba del doctor Márquez para que se vieran ese día. A las siete de la noche, Javier llegó al consultorio acompañado de Sara, su esposa. Con voz grave, Márquez les decía que no quería alarmarlos pero lo que había encontrado era de gravedad; todo parecía indicar que se trataba de un tumor cancerígeno en estado muy avanzado, los estudios complementarios y el tratamiento debían comenzarse de inmediato. Mostrándoles las imágenes de la tomografía, les señalaba la zona donde se podía ver que en el lado derecho del estómago de Javier se distinguía claramente la zona del tejido dañado como un par de formas semicirculares, cada una de aproximadamente dos centímetros de diámetro. El centro de los semicírculos era oscuro y se iba aclarando conforme se acercaba a las orillas.

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lunes, 3 de agosto de 2009

Cuento: La vaca y el manjuarí


Después de muchos años de búsqueda, al fin tengo en mis manos el diario de mi abuelo, mismo que pongo a disposición de cualquiera que lo desee consultar. Empezaré contando un poco sobre mi propia persona. Nací hace veintiocho años; soy la única mujer de una familia compuesta por ocho hermanos. Por varias generaciones, mi familia ha sobrevivido de la pesca y del campo.

Es importante hacer algunas precisiones para la mejor de lo que voy a contar. En el lugar donde nací existe un pez que se llama manjuarí, se trata de uno de los peces más primitivos del mundo. Se calcula que su antigüedad es de unos doscientos setenta millones de años; se le encuentra en la Ciénega de Zapata a unos cuarenta kilómetros de mi ciudad natal, Colón. Otra cosa que debo decir es que, como en muchos otros lugares, tenemos creencias particulares acerca de la vida y la muerte; una de ellas, es que los muertos regresan sobre el hombro de las vacas a finiquitar aquellos asuntos que dejaron pendientes en el mundo. Adicionalmente, en mi familia siempre se ha dicho que los hombres regresan sentados del lado derecho de la vaca y en el izquierdo si se trata de una mujer.

Uno de los miembros de mi familia, mi abuelo paterno, fue uno de los ochenta y dos barbudos que llegaron a bordo del Granma a la punta llamada Los Cayuelos, cerca de la Playa de las Coloradas, el 2 de diciembre de 1956, dando así inicio a uno de los movimientos revolucionarios más importantes de Latinoamérica. Poseo varias fotografías que he ido coleccionando a lo largo del tiempo en donde aparece mi abuelo acompañado por el Ché Guevara, Fidel Castro, Juan Almeida o Camilo Cienfuegos, entre otros.

En la página 456 del Tomo IX de la Historia de las Revoluciones Latinoamericanas, editada en Brasil en 1987, se describe con detalle la travesía del yate Granma desde las costas mexicanas de Veracruz hasta el desembarco en Cayuelos. A continuación, reproduzco textualmente un extracto referente a la travesía del Granma (la traducción del portugués al español no es la mejor):

El 1 de diciembre, luego de la media noche, uno de los combatientes trataba de localizar el faro de Cabo Cruz. Roberto Roque, el piloto, sube al techo del puente para tratar de divisar la luz del faro. Se sujeta al estay, pero de un bandazo del buque provocado por la mar de leva, Roque cae al mar. De inmediato comienza la búsqueda del tripulante en medio de la más completa oscuridad. Más de media hora durante la angustia, sin más orientación que un débil grito ocasional del hombre que, de completo uniforme lucha tenazmente por sostenerse sobre las olas. A bordo del Granma las esperanzas de rescatar al compañero accidentado se van desvaneciendo al dejar de escuchar los gritos de Roque.
-¿Pero este hombre se va a quedar aquí?- dice Fidel -. ¡No se puede perder este hombre! ¡No podemos perder un hombre, de ninguna manera! Y volviendo al capitán de la nave, Onelio Pino, pregunta:
-¿Qué rumbo traíamos? Navega un poco en esa dirección y vira luego exactamente en la dirección contraria.
Así se realiza la maniobra. Al subir en una ola, Roque ve como el buque avanza directamente hacia él. Ya próximo tiene que zambullirse y apartarse. Nada y se aproxima lo más posible que le permite la marejada. La oscuridad es total en la noche sin luna. “Pichirilo” – el expedicionario dominicano Ramón Mejía del Castillo -, enciende una linterna en la proa. Roque nada hasta alcanzar un cabo suelto.
La alegría a bordo es incontenible.

Puede verificarse esta anécdota en cualquiera de las múltiples crónicas que existen de lo sucedido a bordo del Granma durante aquellos días. Palabras más, palabras menos, todas ellas dicen lo mismo.

Hasta el momento, no he hecho más que proporcionar algunos antecedentes que permitan la mejor comprensión de la asombrosa forma en que mi abuelo, Roberto Roque, el heroico piloto del Granma, pudo cumplir la misión que se había propuesto. Lo que sucedió nunca fue contado a nadie, mi abuelo únicamente lo escribió en su diario personal, el cual, como dije al inicio, pude recuperar después de muchos años. Transcribo a continuación el texto fechado el 3 de diciembre de 1956. Las primeras líneas son completamente borrosas, reproduzco únicamente la parte legible:

“… una oscuridad total, no escuchaba nada más que el oleaje y el suave murmullo de lo que suponía eran algunas aves en su cacería nocturna. Pensé en una inminente muerte, era sabido que en aquella zona no era raro encontrar tiburones. No temía la muerte en sí, sólo que no deseaba que fuera de esa forma, en el mar, ahogado o devorado por los tiburones. Si había de morir, quería que fuera en combate, luchando por la Revolución, por la liberación de mi país del tirano de Batista. A lo lejos, pude divisar una tenue luz, supuse que se trataba de la cabina del Granma; éste se alejaba, la luz era cada vez menos visible, estaba cansado de mantenerme a flote y de gritar desesperadamente. Estaba realmente angustiado; pasaron por mi mente una vorágine de recuerdos: mi infancia en Colón, mis padres, Imelda, los años difíciles, los círculos clandestinos de estudio, la despedida de mis hijos y mi mujer para seguir a Castro, el asalto a la Moncada, los años de cárcel, la liberación, los planes, el viaje a México, las largas caminatas de entrenamiento, la adquisición del Granma, el embarque, la salida de Tuxpan, la búsqueda del faro, la caída al agua… Allí estaba yo, completamente a la deriva, inmerso en las gélidas aguas. Sentí de pronto un súbito jalón en mi pierna izquierda, sus colmillos penetraban y desgarraban mi carne, sentí como eran triturados mis huesos; un fuego abrazador recorrió todo mi cuerpo. Era el fin, me iba, lo sentí con claridad. En un instante estaba allí, con su esbelto cuerpo; era un manjuarí, no por nada era un pez tan viejo, había guiado a los muertos desde el principio de los tiempos. Me encontraba en el mar, completamente sumergido; pero no había oscuridad sino todo lo contrario. Una refulgente luz me permitía ver a todas las criaturas del mar. Iba montado sobre el manjuarí, podía ver su cuerpo cilíndrico y alargado semejante al de un reptil; abría la boca constantemente y podía ver sus tres filas de dientes pequeños, agudos, probablemente similares a los del tiburón que me había matado. Gracias a su largo cuerpo y a esa agilidad que seguramente le había permitido sobrevivir durante millones de años, escapando de sus depredadores, nos movíamos a través del agua a gran velocidad. Gocé mucho el viaje, ignoro cuanto habrá durado; de cualquier modo, el tiempo ya no importaba. El pez me dejaba finalmente en una playa; allí me esperaban mis padres, mis hermanos que habían muerto antes que yo; también estaba mi hijo Fidel, fallecido a los seis meses de edad y a quien habíamos bautizado en honor al Comandante. No hubo palabras, solamente seguí andando detrás de ellos. Caminamos mucho tiempo, quizá el equivalente a varios días. Al llegar a una explanada que se habría entre la selva, todos me rodearon; me miraban, se hacían señas entre ellos y hablaban una lengua que yo no era capaz de comprender. De pronto, toda la gente fue abriendo su formación para dar paso a una vaca; nadie la dirigía, aunque era un animal algo más grande de lo normal, por todo lo demás se trataba de una vaca como cualquier otra. El mamífero se me acercó y se colocó de tal modo que su costado derecho quedó exactamente de frente a mí. Nadie me tuvo que decir lo que estaba obligado a hacer, di un salto y monté sobre su hombro. La vaca se alejó de aquel sitio siguiendo la misma ruta por la que habíamos llegado, pero en dirección opuesta. Ignoraba a donde me llevaría, sólo comprobaba que lo que contaban los ancianos de mi tierra acerca de la muerte era cierto. La vaca avanzaba con un paso lento, aunque esta vez tampoco pude precisar alguna escala de tiempo. Llegamos a la playa y se detuvo; al comprobar que no caminaría más, salté y bajé de su hombro. La vaca miraba fijamente hacia el mar, comprendí que debía seguir avanzando. Caminé en línea recta hasta que fui cubierto completamente por el mar hasta el cuello; allí, a través del agua transparente, distinguí el esbelto cuerpo del manjuarí y lo monté de nuevo. Navegábamos con la agilidad de la primera vez, aunque sentí que el tiempo de recorrido fue menor. Sorpresivamente, con un movimiento ondulante me dejó a la deriva; sentí de pronto un intenso y húmedo frío recorriendo todo mi cuerpo. Moví con desesperación brazos y piernas, logré sacar la cabeza y exhalé una refrescante bocanada de aire. Allí estaba el Granma, muy cerca de mí. Pude ver el brillo de una linterna y de pronto una cuerda golpeó mi espalada; la tomé con todas las fuerzas que tenía. Escuché aliviado la inconfundible y gangosa voz de Pichirilo – ¡lo tengo, chico, lo tengo! –. Pude oír también…”

Hasta aquí llega lo que puede leerse en el diario. Las páginas siguientes han sido arrancadas, no pierdo la esperanza de encontrarlas algún día. Él no viviría mucho más tiempo, pero sí el suficiente para desembarcar en los Cayuelos, internarse en la Sierra Maestra y librar su última batalla. Murió como un héroe, en nombre de Cuba, de la Revolución y de su natal Colón.

FIN